Nuestro primer templo fue París. Aparcamos la California en las afueras y caminamos por las calles bordeando al Sena, buscando las dos primeras arcadas del mítico Pont Neuf. Allí, donde en julio de 1967 un joven Jom Friser extendía su saco de dormir junto a los últimos beatniks y los primeros hippies de la ciudad, nos sentamos nosotras. Al mirar la piedra gastada, abrí la antología y leí en voz alta el poema del puente: "¿Después dormiremos juntos?, Sí, después, debajo del puente, y en el mismo saco —dijo—". Sentí un escalofrío filológico. Mientras Friser caminaba luego hasta la estación de París-Austerlitz solo para lavarse la cara y seguir escribiendo, Viki sacó su guitarra y empezó a rasguear una línea de acordes rápidos y distorsionados sobre esas mismas palabras. La poesía del 67 acababa de encontrar su frecuencia de radio en el 2024...
Pasamos tres días en París con la furgoneta aparcada cerca del canal. Tres días de respirar el aire de los bulevares y de meter los dedos en el agua fría del Sena bajo el Pont Neuf, intentando comprender la métrica exacta de los versos que Jom Friser escribió allí en julio de 1967. Pero la furgoneta de Viki tenía hambre de kilómetros y la investigación de mi TFG exigía movimiento. Dejamos atrás las librerías del Barrio Latino y enfilamos la furgoneta Volkswagen hacia el noreste, devorando las carreteras secundarias paralelas a la actual E40.
Cruzar Francia y entrar en Bélgica fue como ver cambiar la luz de los poemas de Friser. El sol de París dio paso a los cielos plomizos y los campos llanos. Pasamos de largo por Bruselas y Lieja con las ventanillas bajadas, mientras las PunkVikis improvisaban ritmos golpeando el salpicadero con baquetas de batería gastadas. Viki, con su mentalidad de filóloga inglesa, iba fascinada por los carteles bilingües y las fronteras invisibles de la Europa de 2024. Yo, en el asiento del copiloto, releía las notas manuscritas de la antología de 2023, dándome cuenta de que el poema que buscábamos estaba a punto de suceder bajo nuestras ruedas.
Llegamos a la frontera con Alemania al caer la tarde, justo cuando el cielo empezaba a oscurecer y amenazaba lluvia. Fue exactamente en ese punto geográfico y emocional donde un joven Jom Friser de diecisiete años, tiritando de frío en el arcén con su mochila al hombro en 1967, sacó su libreta y escribió las líneas urgentes de On Route E4.
Aparcamos la California en un área de descanso fronteriza. La lluvia repicaba con fuerza en el techo de metal. Saqué mi cuaderno y les leí a las chicas los versos que Friser anotó sobre la incertidumbre del autostopista: la noche cayendo, los camiones pasando de largo en dirección al norte y ese anhelo casi místico de llegar a la siguiente ciudad alemana solo para comer algo de pan recién horneado.
—Esto no es un poema social, Selma —me dijo Viki mirándome fijamente—. Esto es ritmo puro. Esto es la velocidad del asfalto.
Esa misma noche, dentro de la furgoneta y rodeadas por la oscuridad de la frontera alemana, Las PunkVikis enchufaron el bajo y las guitarras a los amplificadores portátiles a pilas. Transformamos el frío de 1967 en distorsión del 2024. Aceleramos el tempo de las palabras de Jom, convirtiendo su viaje en una canción cruda y eléctrica. Aquella maqueta, que terminaríamos subiendo a YouTube a principios de 2026 como parte del proyecto musical de Selma Sevilla's Song Method, se convirtió en el corazón de mi investigación. Era la prueba definitiva para mi TFG de que la vanguardia de Friser no pertenecía a las estanterías de un museo, sino que seguía vibrando con fuerza en el asfalto del siglo XXI.
Unas estrofas del poema son estas que empezamos a tararear dentro de la furgoneta:
«S» y «M» se tumbaron en el suelo, Y se relajaron un rato… —¿Una hora?, no lo conté, no lo conté, fue el sol... —¿Una hora y cinco?, es posible... —¿Después dormiremos juntos?, Sí, después, debajo del puente, y en el mismo saco —dijo—. Pero todavía faltan trescientos kilómetros… Si hay suerte, ¡Ojalá la haya!, noche: ciudad. Allí, comeremos pan, baguette recién hecha, y quizás nos invitan a queso, sí, ¡A lo mejor nos invitan a queso! Sí, misterio decías y misterio creías, lo decías todo, todo. ¡Vete al cuerno! Dos mil kilómetros quedan... Y…, si llueve... y…, si hace frío... y…, si oscurece. ¿Duermes? Son las siete, ¡Levántate!, ¡Anda!, ¡Gírate!, ¡Extiende el brazo! ¡A ver si paras, hombre! Se para. ¿Quién es? —matrícula D—. ¿Adónde va? Hacia arriba. Subimos... (En la E4, 1967)
*Nota: En el capítulo 3 dentro del TFG hago un análisis crítico-literario detallado de este poema.
Dejar atrás la frontera alemana a bordo de la California de Viki fue adentrarse en la verdadera geografía del frío. Cruzamos las autopistas germanas con el motor rugiendo en dirección norte, pasando de largo por Dortmund, Bremen y Hamburgo. En Hamburgo dejamos la E40 para enlazar con la E47 (la mítica y antigua arteria de la E4). Al llegar a Puttgarden, la carretera se detuvo bruscamente frente al mar. Tuvimos que meter la furgoneta en las entrañas de un enorme ferry; ver la California rodeada de agua báltica, camino de Rødbyhavn para entrar en Dinamarca, nos hizo sentir que ya no éramos unas simples estudiantes de la Universidad de Zaragoza. Éramos exploradoras del tiempo.
Avanzamos por suelo danés siguiendo la estela que Jom Friser había dejado grabada en sus versos de juventud. Cruzamos Copenhague casi sin detenernos y llegamos a Elsinor, donde tomamos un segundo ferry para cruzar el estrecho. Al bajar del barco en Helsingborg, las ruedas de la furgoneta pisaron por fin tierra sueca. Estábamos oficialmente en el territorio de las Isomerías.
Muy cerca de allí se encontraba nuestro primer objetivo crucial de investigación: Ängelholm.
Jom Friser había pasado casi una semana en esta preciosa localidad costera en el verano de su juventud. En su cuaderno, Selma anotó las coordenadas exactas que el poeta custodiaba en su memoria desde 1967: una dirección, Thorslundsgatan 6, y un nombre que resonaba como un acorde nórdico: Eva Lood. Eva tenía entonces diecinueve años; era dos años mayor que aquel físico-poeta tiritando en el asfalto.
Aparcamos la furgoneta cerca de la playa báltica de Ängelholm. El viento soplaba limpio y frío. Caminamos por la arena de dunas buscando el lugar exacto donde Friser asistió a una mítica fiesta beatnik hace más de cincuenta años, una noche de hogueras, guitarras y poemas urgentes que yo misma había incluido en el corpus central de mi TFG. Al mirar ese mar gris, Viki sacó su libreta y empezó a conectar los cables del bajo portátil. La energía de la playa pedía ritmo.
Pero el gran hallazgo filológico de mi viaje estaba por suceder. Tras esa semana en la costa —donde, aprovechando unos días inusualmente soleados, pudimos bañarnos en aquella playa limpia del mar báltico— la ruta de Friser apuntaba hacia el norte, directamente a Estocolmo, persiguiendo otra dirección mítica grabada en sus textos: Nybergsgatan 10. Allí residía otra joven de veintiún años llamada Ingela Stenius, a quien Jom siempre consideró en sus poemas, de forma vaga, como una "pariente" de Eva.
Fue gracias a los archivos parroquiales y digitales que consulté durante las semanas previas en Zaragoza, cruzando datos escandinavos, como logré desenterrar el secreto: Ingela Stenius y Eva Lood eran primas hermanas. El padre de Ingela y la madre de Eva eran hermanos carnales. Jom Friser pasó de una casa a otra en los sesenta sin saber que estaba cruzando el árbol genealógico de una misma familia; para él, eran simplemente hilos sueltos del misterio sueco.
Sentada en el asiento del copiloto de la California, mientras Viki conducía por la E4 hacia Estocolmo, sonreí mirando las carpetas de mi investigación. El heterónimo había vencido al autor: Selma Sevilla acababa de descubrir la verdad oculta tras las musas de Jom Friser. Con esa revelación en la mochila y las PunkVikis afinando los instrumentos, entramos en las calles de Estocolmo listas para grabar la última frecuencia del norte.
Entrar en Estocolmo por la Ruta E4 con la furgoneta California fue como cruzar la última frontera de la memoria de Jom Friser. Si París había sido el refugio y Ängelholm el despertar báltico, Estocolmo fue el epicentro del terremoto. Friser pasó casi un mes entero en la capital sueca, mimetizándose con la vanguardia contracultural escandinava de la que pocos en España tenían constancia en 1967.
Nuestra investigación sobre el asfalto nos llevó directas al número 10 de Nybergsgatan, el piso de Ingela Stenius. Al mirar la fachada del edificio, imaginé a aquel joven poeta de diecisiete años subiendo las escaleras, cargado de impresiones y con el bolígrafo Bic listo para seguir disparando instantáneas. Pero el verdadero Santo Grial de mi TFG lo localicé en una cercana calle: Lästmakargatan 4, donde se escondía el mítico Club 4-an (Fyran), al que Jom inmortalizó de manera simplificada en sus versos como el "Club 4".
Aparcamos la furgoneta y, armada con mi libreta de notas, intenté reconstruir un espacio que el tiempo ya había transformado. Sin embargo, la academia y la tecnología nos guardaban un regalo providencial. En el invierno de 1967, apenas unos meses después de que Friser abandonara Suecia para regresar al invierno gris de la dictadura franquista, los cineastas Stefan Jarl y Jan Lindqvist se metieron con sus cámaras en ese mismo Club 4-an. El resultado fue Dom kallar oss mods (1968), un documental que hoy es una pieza de culto absoluta en Escandinavia.
Una noche, refugiadas en el interior de la furgoneta y con la pantalla del ordenador iluminando nuestras caras en mitad de la noche sueca, Viki, las chicas y yo vimos el documental en YouTube. Fue un shock absoluto. Ver aquellas imágenes en blanco y negro, observar la socialización salvaje de la juventud de la época, los rostros de Kenta y Stoffe, el humo, la música ruidosa y la atmósfera asfixiante y libre de ese sótano fue como ver cobrar vida a los fantasmas que habitaban en la antología de 2023. Jom había estado allí. Había respirado ese mismo aire cargado de disidencia.
Fue precisamente en ese ecosistema donde nació uno de sus poemas más demoledores de aquel periodo: "Pintado de Rojo". Redactado en pleno 1967 —un año que la prensa internacional bautizó con ingenuidad como el Verano del Amor—, el texto de Friser se aleja de la utopía pacifista de las flores en el pelo para retratar la verdadera crudeza y la energía plástica de la contracultura del norte.
Al comprender la rítmica de ese ambiente a través del celuloide sueco, las PunkVikis no tuvieron dudas. Enchufamos los amplificadores en el corazón de Estocolmo y aceleramos el pulso de "Pintado de Rojo", transformando la atmósfera de los mods de 1967 en un trallazo de punk-rock del siglo XXI. Tenía la experiencia, tenía la música y tenía la prueba documental. Estaba lista para regresar a la Universidad de Zaragoza y demostrar que Jom Friser fue el Novísimo que se atrevió a mancharse las manos con el rojo de la auténtica vanguardia.
Ahí van unas estrofas de este poema que en el capítulo 3 dentro del TFG hago un análisis crítico-literario detallado:
Chica del norte, chica del alma, contéstame: Si colores fueron tus años, ¿Qué años los pintaste de rojo? Todos... todos... Chica, ¡Vámonos!, ¡Vámonos fuera! En el banco del jardín, los pintaremos de rojo otra vez. … Petting... Y después…, paulatinamente…, liamos y saboreamos una mezcla de: Abdulla 37, CRAVEN “A” y Super 46. …¡It’s new!... …¡It’s new!... (A la salida del CLUB 4, STOCKHOLM, julio de 1967)
La noche en Estocolmo no solo nos devolvió los rostros en blanco y negro de los muchachos de Dom kallar oss mods. Tras cerrar aquella ventana digital, Viki estiró las piernas en el asiento de la California, tecleó un nuevo enlace en el portátil y la pantalla se inundó de un color mate, ruidoso y sesentero. Estábamos a punto de ver la película que dinamitó la arquitectura mental de Jom Friser en su juventud y que precipitaría su concepto de «isomería poética»: I Am Curious (Yellow).
Si el documental nos había mostrado la piel de la disidencia sueca, la obra de Vilgot Sjöman nos arrojó a la cara su cerebro y su carne. Ver a la actriz Lena Nyman asaltar a los transeúntes en las calles de Estocolmo, armada con un micrófono y una libreta idéntica a la mía, preguntándoles sin tapujos si creían que Suecia era una sociedad de clases, provocó un estallido de risas y aplausos dentro de la furgoneta.
—Es idéntica a ti, Sevilla —soltó Viki, dándome un codazo mientras en la pantalla Lena cuestionaba con ironía las estructuras del funcionariado y el conformismo burgués.
A través de los altavoces de la California, la película avanzaba mezclando de forma caótica la sátira política, los debates sobre el socialismo y una crudeza sexual que en la España que Friser dejó atrás en 1968 habría supuesto la cárcel o el exilio. Vimos la pantalla cargada de esa libertad irreverente, donde los cuerpos desnudos no pedían permiso ni perdón. Comprendí entonces el choque cultural absoluto de aquel joven físico-poeta: salir de una dictadura gris y represiva para sentarse en un cine de Estocolmo a digerir aquella bofetada de modernidad.
Mientras la película avanzaba en la pantalla del portátil, no pude evitar compartir con las chicas el monumental calvario histórico que arrastraba aquella cinta. Les pedí que pausaran el vídeo un momento.
—Pensad en esto —les dije, apoyando los codos sobre el salpicadero de la California—. Mientras un joven Jom Friser digería este estallido de liberación sexual y crítica política en un cine de Estocolmo en 1968, en España esta película era el enemigo público número uno de las mentes biempensantes.
Les conté lo que había descubierto buceando en la hemeroteca para mi TFG. Debido a su alto contenido erótico y a su fuerte carga de crítica política, I Am Curious (Yellow) estuvo totalmente prohibida por la censura franquista e, increíblemente, también durante la Transición. No se permitió su proyección legal ni en cines comerciales ni en los circuitos de cineclubes de la época. Estaba proscrita.
—¿Y sabéis qué hacían los cinéfilos catalanes y del resto de España durante los años setenta si querían verla? —pregunté a las PunkVikis, que me miraban con los ojos abiertos—. Tenían que organizar viajes clandestinos en coche cruzando la frontera solo para ir a Perpiñán, en Francia. Cruzaban los Pirineos solo para respirar durante dos horas el erotismo y la política que Vilgot Sjöman había filmado aquí, en el norte.
Miré de nuevo la pantalla congelada del ordenador, donde Lena Nyman nos observaba. El dato más demoledor de mi investigación no era ese exilio cinematográfico a Francia, sino la lentitud del reloj español. La película finalmente tuvo su estreno oficial en los cines comerciales de España el 1 de julio de 2005 (curiosamente, mañana se cumple el aniversario de aquel hito).
—Pensadlo bien —concluí, sintiendo el peso de la historia dentro de la furgoneta—. Tuvieron que pasar treinta y ocho años desde que Jom Friser la viera en Estocolmo para que un ciudadano en Madrid o Barcelona pudiera comprar una entrada de cine legalmente en el siglo XXI para ver la misma película. Treinta y seis años antes de que yo naciera, Friser ya había visto el futuro; a su propio país le costó casi cuatro décadas alcanzarlo.
Viki soltó un silbido, impresionada, y volvió a pulsar el play. La película reanudó su marcha, pero ahora cada fotograma nos parecía un milagro de contracultura que había tardado una vida entera en cruzar el mapa.
La película de Sjöman no era mero entretenimiento; era un manifiesto de provocación que usaba los códigos del Arte Pop y el colapso de la cuarta pared. Al cerrarse el reproductor de vídeo, el silencio que quedó en la furgoneta era eléctrico. Miré mi cuaderno, repasando el título del TFG que debía defender en Zaragoza: La modernidad experiencial. Jom Friser no había leído la revolución en los libros; la había visto parpadear en el celuloide de Estocolmo. Con el eco de la voz de Lena Nyman aun flotando en el habitáculo, supe que las PunkVikis y yo ya no solo buscábamos un lugar en el mapa, sino una forma de gritarle al mundo que el futuro había comenzado en 1967.
La furgoneta California regresó a Zaragoza en septiembre de 2024 con los neumáticos desgastados por la Ruta E4 y las libretas a punto de estallar. Durante los meses siguientes, el proyecto de Selma & PunkVikis tomó vida propia en las redes. A principios de 2025, el lanzamiento de nuestras canciones en plataformas digitales demostró que la métrica de Jom Friser poseía una energía cinética capaz de saltar de siglo sin perder un ápice de su fuerza disruptiva.
Sin embargo, mi viaje no terminaba en los amplificadores de guitarra, sino frente a un tribunal universitario. En septiembre de 2025, entré en el aula de grados de la Facultad de Filosofía y Letras dispuesta a defender mi tesis. Lo que sigue a continuación es el texto íntegro de aquel Trabajo de Final de Grado. Es el núcleo científico de mi investigación, la radiografía filológica y sociológica que demuestra por qué Jom Friser no fue un mero imitador tardío de los sesenta, sino el auténtico eslabón perdido de nuestra vanguardia; el Novísimo que cambió el estatismo de los museos por el empirismo de la intemperie.