Foto carnet UNIZAR - Selma Sevilla

Soy Selma Sevilla. Nací en Zaragoza en diciembre del año 2004. En el otoño de 2021 entré por primera vez en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza (UNIZAR) para estudiar Filología Hispánica. Tenía apenas diecisiete años. En septiembre de 2025 me gradué defendiendo el Trabajo de Final de Grado con el título: “La Modernidad experiencial del poeta Jom Friser frente al estatismo culturalista de los Novísimos (1967-1970)”. Os explico a continuación cómo fue todo ello.

Pasé los primeros cursos devorando apuntes y viajando por Europa en un verano. Conducida por la rutina de las clases, el verdadero viaje comenzó en el tercer curso, a principios de 2024. Fue la profesora de Literatura Española Contemporánea quien rompió la monotonía del seminario. Al terminar, me hizo una seña para que me acercase a su mesa y dejó caer un volumen de cubiertas sobrias editado el año anterior.

—Sevilla —me dijo, mirándome por encima de sus gafas—. Sé que anda buscando tema para el Trabajo de Final de Grado del próximo año y que le fascina el espíritu del 68. Analice esto. Ha salido hace unos meses.

Miré la portada: Antología poética, de Jom Friser (2023). Poemas en autostop en la etapa de Mayo del 68.

—Dicen que estos versos pasaron más de cincuenta años encerrados en un armario —añadió con intriga—. Su tarea es descubrir si estamos ante un espejismo contemporáneo o si realmente es el eslabón perdido de los Novísimos. Compárelo con Pere Gimferrer y Guillermo Carnero. Si lo demuestra, tendrá un TFG brillante para 2025.

Aquella misma tarde me encerré en la biblioteca de la facultad. Al abrir el libro de Friser, la conexión fue instantánea, casi mística. No eran versos para ser leídos en el silencio sepulcral de una sala de estudio; tenían una rítmica interna, una métrica vibrante que pedía electricidad. Agarré mi libreta de notas y tracé un plan descabellado: para entender a Jom Friser no bastaba con compararlo formalmente con el venecianismo de Gimferrer o el neobarroquismo de Carnero desde un pupitre en Zaragoza. Tenía que pisar su asfalto.

Ese verano de 2024, armada con el libro de Friser y una beca de investigación precaria, inicié la ruta.

Intentar emular a Jom Friser haciendo autostop por las carreteras europeas era, además de una reliquia del pasado, un suicidio logístico. Las autopistas blindadas y las áreas de servicio asépticas del siglo XXI no entienden de pulgares levantados ni de poetas errantes. Afortunadamente, la innovación siempre encuentra sus propias grietas. La nuestra se llamaba Viki.

Mi amiga Viki era un año mayor que yo, estudiaba Filología Inglesa en Zaragoza y conducía una vieja furgoneta Volkswagen California que heredó de su tío. Cuando le hablé del proyecto del TFG y de la Antología de Friser, no se lo pensó. Con dos amigas más de la facultad, metimos en el maletero dos guitarras, un bajo, un amplificador a pilas y montones de libretas.

Salimos de Zaragoza con destino a La Jonquera. Éramos cuatro estudiantes de humanidades cruzando la frontera, pero en el trayecto, sin saberlo aún, estábamos a punto de transformarnos en “Las PunkVikis”.

Juntas, nos lanzamos a recorrer la mítica Ruta E4, la carretera europea que cruza el continente llegando hasta el norte de Suecia, persiguiendo las coordenadas geográficas que Jom había dejado impresas en sus poemas de juventud.


Buscábamos el rastro del mítico Club 4-an (Fyran) en Estocolmo. Queríamos comprobar si la rabia, la tecnología y el lirismo de Friser seguían vivos en las calles escandinavas. Lo que no sabíamos al salir de Zaragoza era que, antes de redactar una sola página académica, terminaríamos enchufando las guitarras al lado de la furgoneta en una de aquellas calles que Jom describía en sus poemas, ensayando y transformando aquellos versos de 1968 en canciones rítmicas y armónicas en un punk rock crudo que lanzaríamos a principios de 2025, justo unos meses antes de que yo tuviera que defender mi tesis ante el tribunal de la universidad.

Cuando regresé a Zaragoza en el otoño de 2024, tras el viaje por la Ruta E4 y las sesiones de grabación improvisadas con Las PunkVikis, el campus me pareció extrañamente silencioso. Concerté una tutoría con la profesora. Me senté frente a su mesa, rodeada de torres de libros de la Generación del 27 y manuales de métrica castellana, y deposité dos cosas sobre el escritorio: un dosier con las primeras treinta páginas de mi Trabajo de Final de Grado y un código QR impreso en un papel manuscrito.

La profesora se acomodó las gafas y miró primero el texto académico. Sus ojos recorrieron las páginas donde yo desgranaba la comparativa técnica entre el culturalismo esteta de Arde el mar de Pere Gimferrer y la precisión casi matemática de Jom Friser. Asintió con aprobación al ver el rigor de las notas a pie de página y la estructura formal de mi hipótesis.

—El análisis textual es impecable, Sevilla —dijo, golpeando suavemente los folios con el índice—. Ha captado perfectamente cómo Friser utiliza la geometría del verso de un modo que ni Carnero imaginó en su Dibujo de la muerte. Pero... ¿qué es esto? —añadió, señalando el código QR.

—Es el marco metodológico, profesora —respondí con una sonrisa tímida pero firme—. Para demostrar que la métrica de Friser posee una cadencia de modernidad que sigue viva cincuenta años después, tenía que sacarla del armario de la historia. Mis amigas y yo, las PunkVikis, hemos convertido esos poemas en canciones. Ese código lleva a las maquetas que lanzaremos a principios de 2025.

La profesora arqueó una ceja, escéptica. Cogió su teléfono móvil, escaneó el código y se colocó los auriculares. Durante tres minutos que me parecieron eternos, el cubículo de la facultad se llenó de un silencio tenso mientras ella escuchaba la distorsión de las guitarras, el ritmo acelerado de la batería y mi voz gritando/cantando las metáforas espaciales de Jom Friser en el Estocolmo de la Ruta E4.

Al principio, su rostro mostró pura estupefacción. La imagen de una catedrática de literatura contemporánea escuchando punk-rock underground basado en poesía vanguardista era una escena de metaficción en sí misma. Sin embargo, a mitad de la canción, vi cómo su pie derecho empezaba a marcar el ritmo contra el suelo de terrazo.

Cuando se quitó los auriculares, tardó unos segundos en hablar.

—Es una absoluta osadía, Sevilla —declaró, y por un momento temí lo peor. Pero de inmediato, una sonrisa inteligente iluminó su cara—. Es una osadía... y es brillantemente fiel al espíritu del Mayo del 68. Los Novísimos querían romper las normas de la Academia, romper la rigidez de la España de la época. ¿Qué hay más fiel a la ruptura de esa generación que meter sus versos en un amplificador de guitarra?

Se recostó en su silla, entusiasmada con el giro que había tomado su encargo.

—Su TFG ya no es solo una defensa filológica de un poeta reaparecido. Es un artefacto cultural. Proceda con la redacción final para septiembre de 2025. Pero con una condición: el día de la defensa ante el tribunal de la Universidad de Zaragoza, quiero que en las conclusiones explique cómo la física del ritmo poético se convierte en distorsión musical. Tiene que demostrar que ha traído el espíritu del Club Fyran a las aulas de la Facultad.

[ LEER LA RUTA E4 ]

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