¡Hola a todos!
Si el CD8 os pareció enérgico, agarraos los cinturones porque lo que viene en el CD9 es de otra galaxia. Literalmente.
Nos metimos a rebuscar en la etapa más humana, pacifista y —paradójicamente— más compleja de Jom Friser: su época en Valencia estudiando Física Teórica combinada con sus escapadas a Londres (1971-1972). Allí, rodeado de fórmulas de Física Nuclear y con la paranoia colectiva de la Guerra de Vietnam flotando en el aire, Friser calculó con precisión matemática el fin del mundo. Y lo convirtió en poesía salvaje.
El corazón de este nuevo disco es "Todo caerá", un trallazo de casi 8 minutos donde Las PunkVikis y yo nos hemos dejado la piel. Es una canción que empieza como un lamento flotante y revienta en un punk rabioso, oscuro y contundente.
El tema está dedicado al matemático y premio Nobel pacifista Bertrand Russell (presidente del Tribunal de Crímenes de Guerra en Estocolmo, 1967, justo el año en el que Friser llegó allí haciendo autostop por la Ruta E4).
Para que entendáis de qué rabia estamos hablando, aquí os dejo el arranque apocalíptico y el final cuántico de esta obra maestra. Mirad cómo ruge la letra:
He contemplado las inmensas praderas de nuestro planeta, y las he visto secas, polvorientas y quemadas. He visto los flacos espíritus de nuestra generación perdidos y deambulantes por rutas y caminos sin fin... De golpe un resplandor inmenso, venido del cielo, que cubre de fuego todas las rutas y caminos, desde el norte al sur, de levante a poniente, por todos lados, empieza a caer..., ¡A caer! ¡A caer! ¡A caer! Caerá el agua de la montaña, caerán las piedras, caerán nuestras ilusiones, y nuestros deseos también. Ni tú te salvarás, ni yo, ni ellos —los que pulsaron el botón—, ni el más valiente... ¡ni Supermán se salvará! De todos tus recuerdos, ¡nunca se volverá a hablar! Caerá mi pelo, tu suave pelo, mi cara, tu bonita cara... No vamos a morir de repente, no nos mataremos de una estocada, simplemente, lentamente nos hundiremos...
¡SOLO!... ¡SOLO!... ¡SOLO!... quedarán los «taquiones», partículas que sobrepasan la velocidad de la luz y el principio de causalidad, que nos recordarán para nunca, nunca olvidarlo: «puede haber salida sin necesidad de existir una entrada». Esta «Partícula», que nace de la oscuridad más absoluta y sobrepasa las tinieblas, inventará un nuevo HOMBRE, un nuevo SER, RACIONAL, NO VIOLENTO, NO CRIMINAL, un nuevo SER amante del Sol, de la Ruta y el Camino. Este nuevo SER gritará de norte a sur, de este a oeste, ¡tan fuerte! que resonará por todo el universo: ¡«HAZ EL AMOR Y NO LA GUERRA»! Repítelo en coro: ¡«HAZ EL AMOR Y NO LA GUERRA»!
¡Decidme que no es una puta locura! Pasar de la destrucción total de la carne a la esperanza de una partícula subatómica que reinvente la humanidad. En el local de ensayo nos volvimos locas montando los cambios de ritmo para este final. ¡Vais a alucinar!
Además de desgañitarme en el escenario con las PunkVikis, mi otra gran pasión son las palabras. Como filóloga, cuando cayó en mis manos Isomerías IV, no solo vi acordes de guitarra; vi una obra maestra de la literatura contemporánea que merecía ser analizada con lupa.
Si tienes curiosidad por saber qué pasa por la cabeza de Jom Friser cuando escribe y cómo funciona esta locura por dentro, aquí te dejo mi análisis literario express de "Todo caerá":
El poema tiene una arquitectura fascinante. Empieza con una mirada panorámica y melancólica ("He contemplado las inmensas praderas...") . Friser utiliza la anáfora (repetir el "He visto", "He visualizado", "He oteado" ) como si fuera un profeta o un observador interestelar procesando el desastre.
Pero el verdadero subidón literario (y musical) llega con el clímax acumulativo. Ese "a caer..., a caer... a caer... ¡A caer!" actúa como una cuenta atrás o el tic-tac de una bomba atómica. A partir de ahí, la estructura se rompe en versos cortísimos. Es el caos: cae el agua, caen las piedras, cae el pelo y los recuerdos. Formalmente, la métrica imita la fragmentación de la destrucción nuclear.
Una de las genialidades de Friser en esta etapa es la intertextualidad y el contraste de mitos. En las primeras estrofas nos habla de los «quijotes de triste figura», conectando con la tradición clásica española y la figura del idealista incomprendido.
Y de repente, ¡pum! En pleno apocalipsis nos suelta que «ni Supermán se salvará» . Ese salto de la literatura del Siglo de Oro a la cultura pop estadounidense del cómic es una genialidad. Refleja perfectamente los años 70: la irrupción de la modernidad americana frente al peso de la historia europea. Frente a la radiación, ni los héroes de la ficción occidental tienen superpoderes.
Como filóloga, me fascina cómo introduce el lenguaje científico dentro de la poesía lírica. Los taquiones no son solo un capricho de estudiante de Física Teórica; funcionan como una metáfora poética de la esperanza absoluta.
Cuando todo lo material se ha podrido y destruido ("mi cara, tu bonita cara... nuestros miembros se pudrirán") , lo único que sobrevive es una partícula hipotética que viaja más rápido que la luz. Friser utiliza la física para romper la lógica del dolor: «puede haber salida sin necesidad de existir una entrada». Es la mayor victoria de la literatura sobre la muerte: cuando ya no queda nada biológico, la física elemental inventa un nuevo ser no violento.
El poema no se cierra con una metáfora compleja, sino con un grito directo, un coro absoluto: «HAZ EL AMOR Y NO LA GUERRA» . Friser despoja al poema de artificios literarios en las últimas líneas porque ante la destrucción nuclear ya no valen los adornos. El mensaje se vuelve universal, limpio y directo a la yugular, adoptando el eslogan pacifista que marcó a toda su generación y que nosotras hoy heredamos con la misma rabia.