Es emocionante ver cómo, en medio de la misma etapa de paranoia nuclear y control digital de 1971, Jom Friser regresa a su esencia más pura: la sencillez como trinchera y salvación. Es un texto desgarrador, íntimo, pero con un final que tiene una rabia contenida brutal (¡esos caimanes!) ideal para reventarla en un medio tiempo punk-rock superemocionante.
Después de la distopía tecnológica del tema anterior, la canción número 3 del disco nos devuelve al Friser más íntimo, humanista y existencial. Escrito entre sus estancias en Inglaterra y sus noches de estudio en Valencia en 1971, este poema es un bálsamo y, a la vez, un grito de guerra desde el alma.
Llevar este texto tan desnudo y filosófico al terreno del punk-rock con las PunkVikis ha sido uno de los retos más bonitos de mi carrera como filóloga y música. Aquí os destripo cómo funciona su estructura y su ritmo:
El juego de la epanadiplosis y el paralelismo (El bucle del deseo)
Friser utiliza estructuras métricas que se muerden la cola para reflejar la insatisfacción humana. Fijaos en este juego de opuestos (paralelismo y quiasmo):
«Tienes lo que no quieres, / y quieres lo que no posees.»
«Tenemos lo que no queremos, / y queremos lo que no poseemos.»
- Efecto de ritmo: Al pasar de la segunda persona (tienes/quieres) a la primera del plural (tenemos/queremos), el poema universaliza el dolor. Rítmicamente es un bucle, un balanceo constante que en la canción musicalizamos con un arpegio de guitarra limpio y melancólico que atrapa al oyente.
La gradación y el políptoton verbal: El grito de la carencia
El poema rompe la quietud inicial con una acumulación de verbos en primera persona del plural que van subiendo de intensidad hasta estallar en exclamaciones:
«Buscas y buscamos, / pides y pedimos, / ¡pedimos! / ¡pedimos! / ¡pedimos y no tenemos!»
- Efecto métrico: Es una gradación ascendente combinada con un políptoton (pides/pedimos). Los versos se acortan drásticamente hasta quedar reducidos a interjecciones (¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!). Esto marca una aceleración del tempo: la frustración existencial se transforma en rabia. En el local, aquí es donde Las PunkVikis dejamos de tocar en acústico y entramos con toda la distorsión.
Las interrupciones parentéticas: El diálogo con el subconsciente
Una de las cosas más modernas y punk de la métrica de Friser en 1971 es cómo interrumpe sus propios versos condicionales con afirmaciones rotundas entre paréntesis:
«Si lo pudiéramos pensar… / (Podemos) / Si lo pudiéramos ver… / (Podemos)»
Análisis filológico: Rompe el lamento derrotista con un golpe de voluntad. Es un destello de optimismo contracultural. Musicalmente, esos (Podemos) los cantamos Las PunkVikis a coro, sin música, secos, como un puñetazo sobre la mesa que despierta al público del letargo.
El retruécano final contra "los caimanes"
Hacia el desenlace, Friser utiliza un retruécano (invertir los términos de una frase) para blindar el concepto clave de su vida:
«...tu humildad sencilla, / tu sencilla humildad...»
Y justo después, el poema abandona el tono pacífico y estalla con un insulto repetido tres veces con una fuerza inmensa: «¡de todos los caimanes! / ¡de todos los caimanes! / ¡de todos los caimanes!». Los caimanes son los farsantes, los poderosos, los orgullosos "Ojos del Universo" que cantan falsas verdades.
🎸 ¿Cómo suena en el CD9?
Para "Hilando y deshilando" hemos preparado una estructura dinámica brutal:
- La primera mitad de la canción es post-punk intimista. El bajo va marcando el camino de la soledad y la quietud de forma muy elegante.
- En los versos de las «praderas estériles», las guitarras empiezan a cruzarse e imitan textualmente el título: van hilando y deshilando melodías, enredándose unas con otras.
- ¡El final es una catarsis! Cuando llegamos a la terna de «¡de todos los caimanes!», la canción revienta en un punk rabioso, acelerado y liberador. Somos Las PunkVikis y yo gritándole a los hipócritas del mundo que la sencillez ha ganado la batalla
— Selma Sevilla