Poema: Campeador (Jom Friser, Isomerías III, 1970)
Análisis literario por Selma Sevilla
Campeador
Poema 119, página 210 de la Antología Poética
El sentido del poema opera en dos niveles perfectamente entrelazados: la anécdota real (humorística y macabra) vivida por el poeta y la profunda carga simbólica y política del texto en el contexto de 1970.
El sentido literal: La anécdota del error nocturno
El poema es sincero y narrativo en su tramo final. El poeta y su acompañante («montamos el saco de dormir») llegan a un lugar de noche, a oscuras, y confunden un cementerio monumental lleno de mausoleos y panteones con un plácido parque o jardín público.
Al despertar por la mañana con la luz del día y los ruidos de la ciudad («un coche que aceleraba... una moto»), descubren con asombro que han pasado la noche durmiendo entre tumbas y monumentos fúnebres. Las onomatopeyas mecánicas (¡Rum!, ¡Rum!, ¡Tic!, ¡Tic!) representan el contraste violento entre la vida urbana que se despierta y el silencio de los muertos.
El sentido simbólico: España como un "Parque-Cementerio"
El propio poema nos avisa explícitamente en dos ocasiones: «—es un símbolo—». Friser utiliza su equivocación real como una inmensa metáfora de la España tardofranquista de 1970:
La ilusión frente a la realidad: El estribillo coreable «Parece un parque, / pero es un cementerio» es la tesis central del poema. En los años 70, el régimen franquista intentaba vender una imagen exterior de modernidad, paz, turismo y desarrollo (un "parque" idílico). Sin embargo, Friser desenmascara la realidad: bajo esa fachada superficial, el país sigue siendo un cementerio moral, un lugar construido sobre los muertos de la guerra, el exilio, el silencio y la falta de libertad.
La desmitificación del héroe ("Campeador"): El poema abre evocando al "Campeador" (el Cid Campeador, símbolo histórico que la propaganda franquista utilizaba para legitimar la figura de Franco como un cruzado o salvador militar). Al gritar «¡No es el campeador! / ¡Es otro!», el autor rompe el mito: la estatua gigante que preside el lugar no es un héroe glorioso de la historia, sino un recordatorio de la muerte, la guerra («¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!») y la opresión.
La parálisis de la sociedad: El diálogo con el niño introduce una profunda ironía existencial. El viejo que lee eternamente y no se mueve no está descansando: es una estatua, un muerto. El país entero parece petrificado, convertido en piedra e incapaz de reaccionar.
La dimensión rítmica:
Este poema tiene, posiblemente, la estructura más puramente punk, teatral y gótica de todo el poemario Isomerías III:
Onomatopeyas como percusión industrial: Los bloques de ruidos (¡Pum!, ¡Cloc!, ¡Tic!, ¡Rum!) repetidos de tres en tres son perfectos para que Las PunkVikis marquen parones musicales secos. La batería y el bajo crudo pueden imitar el tic-tac del reloj de las cuatro o el rugido ensordecedor del motor de la moto (¡Ruuuummm!), acelerando el ritmo de la canción.
El estribillo político-punk definitivo: El verso «Parece un parque, / pero es un cementerio» posee la fuerza, el sarcasmo y la contundencia de un gran himno de punk crudo y de asfalto. Aquí con Las PunkVikis y yo hemos escupido este estribillo con rabia, transformando una anécdota cómica en un grito de denuncia contra la hipocresía de una sociedad que camina entre tumbas sin querer darse cuenta.
Selma Sevilla